A buscar una nueva especie para mi lista en las lagunas de Los Palacios
- hace 6 días
- 5 Min. de lectura
Actualizado: hace 1 día
Después de un invierno bastante frío y excepcionalmente lluvioso, la primavera por fin llama a la puerta aquí, en el sur de España. O quizá debería decir que llama brevemente antes de dejar paso a algo que ya se siente como principios de verano. En Andalucía, el cambio entre estaciones suele ser brusco. Apenas tenemos primavera u otoño: un día estás bien abrigado para combatir el frío húmedo y, al siguiente, caminas en manga corta bajo un sol intenso.
Esa fue exactamente la sensación que tuve en la salida de hoy a las lagunas de Los Palacios y Villafranca, un municipio de la provincia de Sevilla. Mi plan inicial era recorrer varias lagunas en la provincia de Cádiz, pero la tentación pudo más. Llevaban tiempo circulando observaciones de una especie que habría sido una nueva para mi lista personal: la tórtola senegalesa, vista con frecuencia en las lagunas de Villafranca, especialmente en la Laguna de El Pantano. ¿Cómo podía resistir? Mi primera parada fue la Laguna de El Pantano. Hacía calor y el cielo estaba totalmente despejado, algo muy diferente a las semanas grises y lluviosas que habíamos pasado. El paisaje brillaba bajo el sol y, por un momento, era fácil olvidar lo saturado que había estado todo hacía tan poco.



Nada más bajar del coche me recibió el inconfundible canto de una abubilla. Sus notas suaves se extendían por la laguna, clara señal de que la primavera está cerca. Aunque la busqué con atención, no logré verla. Aun así, escucharla tuvo algo simbólico: como un punto de inflexión estacional. El Pantano cuenta con un observatorio, pero al acercarme comprendí enseguida que hoy serviría de poco. La vegetación estaba extremadamente densa. Los carrizos dominaban el paisaje y el agua parecía casi secundaria. Incluso después de semanas de abundantes lluvias, solo se veían pequeños parches de lámina de agua.

En vez de entrar en el hide, decidí caminar por el lado opuesto de la laguna. A pesar de la escasez de agua visible, la avifauna era abundante. Lo más destacado fue, sin duda, una pareja de garzas imperiales, elegantes y atentas entre los carrizales. Sus cuellos esbeltos y sus tonos rojizos contrastaban maravillosamente con la vegetación.


Grupos de moritos se movían por las zonas someras, su plumaje oscuro brillando con reflejos iridiscentes bajo la luz del sol. Varios cormoranes grandes descansaban cerca, secando sus alas.



En un momento dado, el canto de un ruiseñor pechiazul captó toda mi atención. Su melodía era clara y armoniosa, imposible de ignorar. Me quedé quieto, mirando entre los carrizos con la esperanza de ver a esta pequeña joya. Pero, como suele ocurrir con esta especie, permaneció oculto, regalándome solo su voz.

¿Y qué pasó con la especie que estaba buscando? La tórtola senegalesa, que es de África y últimamente se menciona mucho por aquí, no dio señales de vida. No hubo nueva especie para mi lista. Aun así, registrar más de cuarenta especies en este único lugar hizo que la visita mereciera plenamente la pena.

Laguna La Mejorada – con mucha paciencia
Mi segunda parada fue la Laguna La Mejorada. Nada más llegar me recibió una escena impresionante: una gran colonia de garcillas bueyeras descansando en los árboles. Debía de haber al menos un centenar de individuos, quizá más. Solo podía imaginar lo espectacular que sería el lugar al atardecer, cuando aún más aves regresan a su dormidero comunal.


Sobre la superficie del agua descansaban tranquilamente cientos de gaviotas, entre ellas numerosas gaviotas reidoras y gaviotas patiamarillas. Sus cuerpos blancos y grises brillaban bajo el sol, creando un fuerte contraste con el agua más oscura.

Pero el verdadero protagonista de La Mejorada fue la presencia de varias parejas de somormujos lavancos. Al llegar, vi una pareja alejándose de la orilla por la que caminaba, quizá algo inquieta pese a mis pasos cuidadosos. Con ganas de verlos mejor, me acosté en la hierba y me puse a esperar con calma. La observación de aves suele recompensar la paciencia, y este fue uno de esos momentos.


Los somormujos nadaban entre la densa vegetación, desapareciendo de la vista para reaparecer cincuenta metros más allá. Requería concentración y anticipación. Por fin, una pareja se acercó lo bastante como para sacar algunas fotos chulas. Para mi sorpresa, más tarde me di cuenta de que no era la misma pareja que había visto al principio: ¡había al menos tres parejas en la laguna!

Uno de los momentos más mágicos fue cuando observé a una pareja acercarse lentamente, con los cuellos extendidos hacia delante, casi tocándose, como si se besaran. Fue una escena íntima de su comportamiento de cortejo, sutil y hermosa.


Aún más sorprendente fue ver un grupo familiar con dos juveniles. Parecía temprano en la temporada para encontrar ya pollos de este tamaño. Me pregunté hasta qué punto se habrían adelantado este año en la cría. ¿Quizá por el invierno suave? ¿Cambios en los patrones climáticos? Observaciones así te hacen pensar.

Mientras caminaba, escuché de repente un trompeteo lejano. Al mirar al cielo, vi unos veinte grullas comunes volando sobre mí, acompañadas por un grupo de cigüeñas blancas. Ambas especies avanzaban con elegancia por el amplio cielo andaluz. Un espectáculo magnífico.







Cerro de las Cigüeñas – un final tranquilo
Mi última parada fue el Cerro de las Cigüeñas. No podrían haber elegido un nombre mejor. Las cigüeñas blancas estaban por todas partes: volando, en los campos cercanos o posadas en estructuras.


Lo que más me impresionó aquí fue la gran cantidad de gallinetas comunes. Conté más de cuarenta individuos moviéndose por los bordes de la laguna, con sus picos rojos destacando sobre el plumaje oscuro. Esta laguna cuenta con un observatorio muy bien situado, que ofrece una vista amplia y relajante sobre el agua. Es uno de esos lugares donde uno podría pasar horas simplemente observando y dejando que el tiempo fluya con calma. Tras un día completo caminando y escudriñando el entorno, fue el cierre perfecto y tranquilo.




Reflexiones sobre una estación cambiante
De regreso al coche, en manga corta y bajo un sol que parecía más propio de junio que de comienzos de primavera, no pude evitar sentir una mezcla de alegría y preocupación. La rapidez con la que cambian las estaciones en el sur de España es asombrosa. El invierno puede parecer persistente y frío… hasta que de repente desaparece. Pero si ahora ya hace este calor, ¿qué extremos nos traerá el próximo verano?
Aun así, dejando a un lado esas inquietudes, fue una jornada profundamente satisfactoria en el campo. Aunque no logré ver la tórtola senegalesa —esa especie que habría sido nueva para mí—, registré más de cuarenta especies solo en El Pantano y disfruté de encuentros inolvidables en cada parada.

La observación de aves enseña paciencia. Enseña aceptación. A veces la especie objetivo no aparece, pero la experiencia en sí —la luz, los sonidos, los momentos inesperados— se convierte en la verdadera recompensa.
Y quién sabe… La tórtola senegalesa sigue ahí fuera. Quizá la próxima vez.




Comentarios